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Historia de un bambú

15 May

Los bambúes están íntimamente ligados a mí, y a mi vínculo con internet. De hecho, ese fue el nombre de mi primer blog. Ahora que ya no contiene textos y no indexa puedo confesarlo. Por fin. Lo de mi nick en IRC lo dejo para otro día.

Lo abrí a principios de 2004, después de una de la mayores crisis de confianza de mi vida. Necesitaba recomponerme personalmente y empecé una bitácora para que me acompañara y me cogiera de la mano en esa nueva etapa. Sola no podía.

Llevo fatal las traiciones. Yo no concibo la deslealtad. “Ánimo. De todo, se aprende”, dicen. A día de hoy, sigo sin saber qué es lo que supuestamente te hace ser mejor cuando alguien te engaña, a cualquier nivel. Creo que más bien desaprendes. Y fue tan duro que, en aquel momento, anhelaba que hubiera sido por otra persona, creyendo que eso sería mucho menos cruel.
Ajá. Cuidado con lo que deseas, que se cumple. Pero eso es otra historia por la que no pienso pasar ni de puntillas. Tanto es así que ni me compré un bambú. Ctrl+Alt+Del.

Dos bambúes, varios pares

Es que el bambú es muy importante para mí, muchísimo. Cada vez que me mudo o inicio un ciclo en mi vida adquiero un par de tallos nuevos. No recuerdo por qué empecé a hacerlo. Imagino que buscaba algo a lo que agarrarme entre tanta desorientación. De eso, hace más de 16 años. Y por eso, le puse aquel nombre a mi primer blog. Y ahí sigo.

Me gusta por la simbología de su elasticidad y fortaleza, pura resiliencia; por su minimalista estética, alargada, creciendo siempre hacia arriba y expandiendo sus hojas; por su escaso nivel de requerimientos, su independencia y su compostura. Me encanta hasta su combinación de verdes tan brillantes.

Así que me acabo de comprar dos bambúes nuevos para mi nueva casita, claro, que me hace sonreír y emocionarme como hace mucho. Para mi nueva etapa.

Bambúes

Siento cómo me repito. Ya no sé las veces que he utilizado las palabras ‘nueva etapa’. He perdido la cuenta. Y he asumido que es lo que me ha tocado y que en mi vida se suceden ciclos, uno tras otro sin parar, y me lo tomo como puedo con filosofía. O de golpe, con limón y sal, de un trago. Que para eso una es #cocktailtestertoo.
Nada, cosas mías.

Tampoco llevo la cuenta de la cantidad de personas (perdón, “personas”) que se han quedado por el camino en estas etapas. No sé la cantidad de desilusiones que me he llevado. Suerte a todas y mucho ánimo con las conciencias.
—“De todo, se aprende”.
—“Karma is a bitch”, prefiero yo.
Es lo que tiene la visceralidad, que se me va la boca.
Y el corazón. ❤️

Muchas, muchísimas, veces he deseado tener una vida “normal”, sin tantos sobresaltos, y emociones; incluso aburrida, evitar los charcos, que me deje de importar tanto lo que me rodea y pensar más en mí. Vamos, pasar de todo. Pero no sé hacerlo.

Mi padre me decía que hay dos tipos de personas: las que ven la tele y las que la hacen. Y yo le creí tanto que, aunque me diga a mí misma: “No, Inma, esta vez, no”, roza lo incauto hasta dónde puedo llegar a remangarme. Así me va.

Las personas sosegadas, calmadas y tranquilas no nos entienden a la gente como yo. Ni yo, no creáis. Pero tampoco entiendo cómo se puede vivir una vida sin sal ni ácido ni picante. O sin sangre en las venas. O con una venda en los ojos. O sin carcajadas vivas. O sin alma.

O sin bambúes.
Ya los he inundado con agua y mi nueva casa, y vida, lucen mucho mejor con ellos. A ver qué altura alcanzan esta vez.
Y si no, pues ya sé dónde comprar otros, porque las historias de los bambúes las escribo yo.
Aunque ya no tenga ni el dominio. 🎋

 

 

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