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Treinta días sin redes sociales, una experiencia muy gratificante

17 Dic

Ni fue premeditado ni estaba planificado para convertirse en un post, pero, a estas alturas, es irresistible contar cómo es un mes sin redes sociales. ¿Has pensado alguna vez en desconectarlas?

A mí, nunca se me había pasado por la cabeza

Jamás. Ni de lejos. Es más, cuando alguna vez se lo he escuchado a alguien, siempre he pensado que era una tontería barbaridad totalmente innecesario.

Se puede buscar otra manera de estar en redes sociales, dosificando o modificando cómo interactúas, transformando incluso todo tu timeline añadiendo y quitando contactos hasta configurar una red diferente, con nuevos enfoques, cambiando los listados y los intereses, etc. Hay decenas de alternativas.

Sin embargo, sin dudarlo ni un segundo, el domingo 18 de noviembre quise “tomarme unas vacaciones” y eliminé todas las redes sociales personales del móvil. No volví a acceder a ellas hasta hoy, un mes después (y porque me apetecía escribir este post); al principio, con WhatsApp incluido.

Por cierto, una curiosidad que yo desconocía: los mensajes de Whatsapp de esos días se quedan en el limbo internetero y no se reenvían cuando vuelves a instalar la app. ¿Lo sabíais?

Lo bueno es que, como mi entorno sabe que no es una de mis aplicaciones de mensajería instantánea favoritas y no abusa de ella, tampoco he estado sobresaturada. A cambio, me he llevado algunas alegrías y gratas sorpresas por quien sí ha escrito o ha llamado.

Tanto es así que lo que no me esperaba es que, tras borrar el resto de aplicaciones, ahora viera WhatsApp con otros ojos; signo obvio de que me sobraba tanta actividad y en tantas a la vez, o de que estoy en otra etapa. Seguramente, ambas afirmaciones son ciertas.

Y eso que yo tengo desactivadas las notificaciones personales desde hace más de cuatro años…

Así que durante este mes me he reconciliado (un poco) con el icono del teléfono verde, tras varios años echando pestes de él por invasivo, por el poco respeto a la privacidad, por la falta de transparencia, por la escasa seguridad de los datos, por lo invasivo… sí, ya lo dije y lo reitero; y por extensión, por el mal uso que hacemos en ocasiones de las herramientas.

Ha sido uno de los nexos con toda esa gente a la que echaba (o me echaba) de menos, acostumbrada a seguirnos y saber de ella en el día a día. Esa ha sido una, digamos, desventaja.

Y ojo, tampoco tanto, porque quien ha querido estar en contacto ha estado, no solo vía Whatsapp; también al teléfono o en persona. Como dice una querida amiga, en modo vintage.

Lo peor ha sido faltar a Dressember

Quería mantener la desconexión con todas sus consecuencias y sin ningún tipo de exposición. Claro está que no puedo permitir que una causa de estas características se quede en saco roto por una decisión personal. Eso sería egoísta e individualista, dos atributos muy alejados del espíritu solidario de #SpanishGirlvolution y con los que no me siento identificada.

Seguro que encuentro una forma de compensarlo. Y sé que cuento con vosotros. Mil gracias, especialmente a Javier García Nieto (@jgarciani) por creer en el proyecto que íbamos hacer este año. Lo retomaremos.

Aún así, se puede donar a #Dressember hasta el 31 de enero, aquí: https://dressember-2018.funraise.org/fundraiser/inma-ferragud.

Algo se me ocurrirá para resarcir la ausencia.

Todo lo demás han sido ventajas

No puedo estar más feliz y a gusto.

No puede haber sido una experiencia más recomendable.

No puedo haber aprovechado mejor el tiempo que antes dedicaba a redes personales. Sobrededicaba, más bien.

Esos trayectos en el metro, en la sala de espera del médico, antes de una reunión o los ratos previos a quedar a alguien, no he echado de menos estar sin redes sociales. En absoluto.

Me he informado en periódicos digitales, he escuchado (y descubierto) más podcast que nunca, me he formado más, he hablado mucho por teléfono y me he visto con más gente cercana, y he leído más; sí, vale, casi todo digital –no puedo ni quiero evitarlo–, pero más en profundidad, con plena atención y concentración total. Todo más, sin margen para la procrastinación.

Y lo mejor, no he tocado el móvil estando con las personas que me importan. Ni lo he sacado del bolso. Aunque nos cueste reconocerlo, al usarlo incluso durante un solo momento, estamos transmitiendo el mensaje –erróneo, por supuesto, pero así lo percibe el otro– de que hay más cosas de las que estar pendiente y a las que prestar atención, en lugar de dedicar ese tiempo íntegramente a esa persona. Puf, un poco mal…

Como podéis imaginar, nadie daba un duro por mi desconexión, sobre todo mi entorno más cercano (y sufridor de la hiperactividad en redes personales y profesionales).

Aún así, nadie me presionó para que las reactivara y casi todo lo que recibí fueron “oles”, después de haberme confesado que se habían extrañado un poco y a excepción de algún intento de cotilleo o de alguna creativa imaginación con curiosas elucubraciones en torno al motivo de mi desconexión.

Nada más lejos de mi intención. Lo tenía claro como el agua: me había dejado de apetecer y estaba encantada. Por otra parte, es un poco raro pedir explicaciones sobre por qué alguien no actualiza sus perfiles personales en lugar de levantar el teléfono, ¿no creéis?

Si el único contacto que tienes con alguien supuestamente cercano se limita a la actividad en redes sociales, igual has pasado de ser un amigo a convertirte en un seguidor más. Y viceversa.

Plena y con las pilas recargadas

Dicho esto, tengo que puntualizar que creo firmemente que la tecnología une a las personas. De hecho, me abrí Facebook en 2008 para estar más en contacto con mi familia en Valencia y ver cómo crecían mis sobrinos, asistir virtualmente a nuestros eventos, compartir fotos y momentos conectando con ellos prácticamente a diario, tal y como hacíamos cuando yo vivía allí. Mi familia es una piña y la distancia apenas se nota entre nosotros, entre otras cosas, gracias a internet.

Justo por esta misma razón, no acepto cualquier contacto en Facebook. Para mí, siempre ha sido un entorno privado en el que solo incluyo a un círculo relativamente cercano o con el que creo tener cierta confianza y afecto mutuos.

Cuando no ha sido así, han dejado de ser “amigos”.

Hay más redes y otras vías para seguir en contacto.

Cada red social es lo que tú quieres que sea

Existen cientos de miles de Facebooks, Twitters, Instagrams… en función no solo de lo que publica uno, sino además de quién forma parte de tus contactos o comunidad, a quién sigues o quién te sigue.

Ninguna es igual a otra.

Ninguna es más conveniente que otra.

Cada cual elige qué red y presencia quiere tener.

Sobre la manida y aburrida “marca personal” (para mí, la más impersonal de las marcas), hablamos ya si eso otro día…

Y quizá estaba eligiendo mal. O no, y simplemente han cambiado mis preferencias. La cuestión es que, de un tiempo a esta parte, ya no estaba satisfecha con el tipo de relaciones y comunicación que mantenía través de redes sociales (a. de R/I/V)*.

Previamente, borré contactos, creé nuevos puntos de afinidad, me alejé de los perfiles con los que no me sentía partícipe o cuyos principios estaban en las antípodas de los míos, seguí a otros usuarios y, aún así, no me compensaba del todo.

Esta desconexión no ha sido algo repentino. Tampoco va a ser definitiva. Era algo que se iba fraguando durante los últimos meses y que, como mínimo, ha cambiado durante treinta días un hábito de más de 23 años en internet. Ahí es nada. Viejuna de la red a la vista.

Igual en un tiempo vuelvo a esa hiperactividad, quién sabe. ¡Una es de todo menos perfecta!

Pero esta decisión (la mejor que he tomado en 2018) era un clic necesario que me ha ratificado en la idoneidad de alejarse y mirar todo desde fuera, sin endogamias ni ideas preconcebidas. Mi impresión más inmediata es que me ha servido para sacar muchas conclusiones sobre prioridades e idea de las relaciones, propias y de las de mi entorno.

Las mías no han cambiado prácticamente nada, solo que ahora las voy abordar desde un nuevo eje, aún más lejos de rutinas y estándares que no han ido nunca conmigo. No me va comulgar con ruedas de molino.

Probadlo. Engancha

Estar un mes sin redes sociales personales es una experiencia inesperadamente gratificante que ahora mismo recomiendo a todo el mundo. Desconectarse ha sido facilísimo, sin FOBO (siglas en inglés de fear of being offline) y con una recompensa exponencial.

Lo dicho: nos vemos en la red.

Y fuera de ella, también.

PS: disculpad si me habéis escrito y no os he contestado. O si sigo tardando en contestar. Lo haré, seguro. Si es urgente, llama. A mí, me parece una buena costumbre… Y si es un tema profesional, mi LinkedIn siempre ha estado activado. Mil gracias.

*Antes de Ruavieja/IKEA/Edu.😉

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