Érase una vez, ella

15 jun

Había una vez, una mujer que nunca se sentía sola. Estaba lejos de su casa, lejos de todo y de todos. A menudo, quería alejarse aún más, y más, pero tenía el corazón compartido con una persona tan grande que afortunadamente jamás lo lograba. Estaban atadas de por vida, desde que nacieron con dos meses y catorce días de diferencia.

La protagonista de este cuento, el más precioso y real vivido, es la mujer que nació más tarde de las dos. Serena, valiente, cariñosa, admirable, creativa, sabia, comprensiva, la más hermosa por dentro y por fuera, gracias a ella, la vida, con sus alegrías y celebraciones, con sus altibajos y sus miserias, con sus secretos y sus verdades, fue siempre más fácil para la otra.

Nunca se pelearon. Ni siquiera siendo tan distintas.
Era un amor desmesurado.

De pequeñas, eran las propietarias de una tienda en Nueva York, organizaban una biblioteca infinita y vivían las vidas de sus Barriguitas. Rompían huchas, jugaban en la calle, formaban parte de Los Ángeles de Charlie, cuidaban de gusanos de seda, recogían higos y moras, pescaban con miga de pan, se perdían en la playa, investigaban misterios, se encandilaban con la canción del cucú…

De jóvenes, reían a carcajadas por un perro en el ascensor, por el nombre de la calle en una salida de El Corte Inglés, se escribían cartas en verano porque se echaban de menos, se cubrían a escondidas y descubrían emociones, maduraban de la mano, compartían noches de café y días de wiskis en casa de la ‘weli’, charlas interminables, consejos impagables, resacas intensas, risas, risas, lágrimas, y más lágrimas, risas, risas, risas…

De adultas, presentían la vida de la otra, se intuían, luchaban juntas en la distancia, sobrevivían a terribles desgracias, elucubraban sorpresas, estaban pletóricas y orgullosas de los logros de la otra, se recorrían medio país para estar en el día más importante de cada una, se saltaban todas las barreras para mantenerse unidas pasase lo que pasase.
Hacían lo que fuera por conseguir la sonrisa de la otra.

Y lo seguirán haciendo. De eso no hay ninguna duda.

Josela e Inma

Hay conexiones que son inquebrantables, que son únicas, que no tienen definición, que no necesitan explicación, que hacen que la palabra ‘hermana’ se quede corta. Eres mi complemento.

Cuarenta años aún son pocos, Josela. Se me ha hecho muy corto vivir de tu mano. Será que tú me haces muy feliz y por eso se me pasa el tiempo volando.

Quiero cuarenta años más. Quiero toda la vida contigo. Aunque no pueda alcanzarte solo con la mano, te siento constantemente con el corazón.
Cuenta conmigo. Estoy y siempre estaré a tu lado.

Gracias por estar ahí siempre. Yo no sería sin ti.

Te quiero, Josela. Cualquier cosa que te diga, se queda corta.
¡Felicitats, carinyet meu!

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